CLARÍN 7 de febrero 2010-02-21
: UN TESTIMONIO SOBRE UN TEMA CONTROVERTIDO
El testimonio del
filósofo Alejandro Rozitchner y su esposa, que congelaron varios embriones,
tuvieron tres hijos y donaron los demás. Historia de una decisión difícil.
Sin leyes ni reglas, avanza la
adopción de embriones en el país.
“Enterarte de que no podés
cumplir el sueño natural de tener hijos hace que uno se enfrente a su historia
de otra manera. Buscás ayuda a las puteadas, sintiéndote incapaz, imperfecto,
mal hecho. Pero querés ser padre y te bancás los tratamientos y lo que venga.
Soñás con los embriones, necesitás los embriones, querés embriones. Lo que
sigue después es para después", repasa Alejandro Rozitchner, filósofo,
escritor, seis años y tres hijos después de haberse jugado con su mujer,
Ximena Ianantuoni, las ganas de ser papá y mamá en el consultorio de la
doctora Esther Polack.
"Cuando hicimos el primer
tratamiento lo único que me importaba era tener un hijo. No pensé en los
embriones que quedaban hasta después del segundo intento", cuenta Ximena.
Las fotos que colorean sus
blogs coronan un final feliz. Sonríen Andrés, de 6 años, y Bruno, de 3; muerde
el chupete Félix, puro rulo, de apenas uno. Mucho antes, hubo dos tratamientos
de fertilización, "dos camadas de seis y ocho embriones", cuatro
transferencias, un par de intentos fallidos, dos hermosos bebés y hasta un
embarazo natural -el del tercero-, que desafió el diagnóstico de
espermatozoides perezosos y sorprendió a una pareja alejada de cualquier
barrera anticonceptiva. Fue entonces, cuando la familia escaló a la categoría
de numerosa y "suficiente", cuando los Rozitchner tuvieron que decidir
respecto de los seis embriones que esperaban su destino congelados en la
clínica.
"Ya no sólo teníamos tres
hijos, que es un montón, sino también la posibilidad de engendrar
naturalmente. Debíamos resolver qué hacer con esos embriones, que eran vida, y
no era fácil: eran fruto de mis células y las de mi marido, eran parte de
nuestros cuerpos. Pero, ¿eran nuestros?", se pregunta Ximena. "Después de
darle vueltas al asunto resolvimos donarlos. Si bien eran células nuestras,
serán hijos de quienes estén dispuestos a amarlos y hacerlos hijos suyos."
Los Rozitchner se
"desprendieron" de los embriones hace apenas unos meses, cuando lograron
digerir y duelar los distintos momentos que había transitado su vínculo con
ellos. "Yo amé a mis embriones -confía Ximena-. Cada vez que pasábamos por la
puerta de la clínica donde estaban guardados sentíamos algo muy especial, y
hemos ido a comer a un restaurante cercano para saberlos más cerca. Hay un
momento en que tus embriones son tus hijos, pero la perspectiva cambia cuando
vivís un embarazo y tus hijos salen de vos, les das la teta, los criás y les
hacés lugar en tu vida. Ahí te das cuenta de que un hijo es mucho más que un
embrión que se hizo con tus células". Alejandro confirma: "Cuando finalmente
los hijos llegan no tenés espacio mental ni emocional para dedicarte a
especular qué significan los embriones para vos, porque esos embriones ya
tienen uno, dos, tres años y te rompen las pelotas las 24 horas, pero te
vuelven loco de felicidad", se ríe este papá que es hijo único. "No es
sencillo. Pero había que dejarlos ir", dice Alejandro.
No dudaron. "O descongelábamos
y se morían -y no nos sentíamos tan dueños de la vida como para hacer eso- o
los dábamos para que fueran usados para investigación, o los donábamos",
enumera Alejandro. Los donaron. Y aunque varias preguntas siguen repicando,
Ximena las disuelve con una sonrisa: "Muchas veces me preguntaron si me
asustaba que algún día, por las vueltas de la vida, dos hermanos se casaran
sin saberlo. Pero no, no me pasa. Aunque sucediera algo así, no serían
hermanos, porque ser hijo y ser hermano es muchísimo más que compartir una
información genética".
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